el calor de los cuerpos 2

 

Obra de Ulises González.

Y yo te amaré, te amaré por siempre, porque me das la angustia, me das el dolor, el constante incierto de tus besos, el vacío de tus ojos que me manejan a su antojo…

 El calor de los cuerpos que subyacen inertes bajo la lona de los sentidos más primarios, merced de los aires que depositan pétalos de sangre en mis heridas aun sin cicatrizar. Un instante, un momento, una eternidad, tan simple, tan todo…

 Esclavo de sensaciones que me elevan más allá de lo que un simple mortal podría explicarse, me mecen en el ébano de los dioses, en la lujuria del andar sin pies, en el escándalo de la sinfonía sin razón, simplemente encomendado a un instante de olvido de mi ser beligerante, de mi trama destructora, de mi sino incomplexo. Voces que desde el confín de los mares, susurran cuales sirenas engatusan al marqués de los más experimentados galones…no quiero perecer en ti, pero a ti me debo, a tu calor respondo involuntariamente controlado, sugestionado por una fuerza aun mayor que el propio pensamiento, a un arma aun más imponente que el límite de mis versos. Es así, es fuego!, y quema plácidamente todo cuanto soy, cuanto de mi existe en este irreal escenario de filosofías para aburrirse, de espejos que se rompen al mínimo reflejo, y de canciones que suenan en el aire eternamente…

 Una luz roja, erotizada con rizos que se ondulan en el ambiente, con imágenes inconsistentes, parpadeantes, irreales , con caricias de cielo, con aromas de paraísos de auténtica utopía, y de gemidos que arrollan el entendimiento, evaden el cuerpo a otra dimensión y te marcan para con la muerte, para con el nacimiento, para con siempre los eternos simples del secuestro sin memoria, siempre a merced de nuevos vientos…

  Sólo por esto, por la lanza que queda clavada, por ser mutilado de más entendimiento, culpable del más frío concierto de retóricas sin contexto, sin tiempo, sin más valor que la sombra que siempre estará detrás del escenario de los sueños.., por eso a ti me debo, a ti me elevo, y en ti muero inconsciente, ingenuo y dócil sin más escudo que un corazón condenado a pararse cuanto tu espires tu último aliento sobre mi nuca sensible al roce más sublime del mas tirano incierto…

 

 

 

 

 

 

En fiel batalla pues me desnudo de toda coraza, de toda espada, y de todo escudo de lamento…No hay más pues que entregarse al calor de la furia del deseo de los dioses que bajo injusta orden encomiendan el alma de los mártires de la pasión que invade, imperializa y derriba el intelecto…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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